Palabras de bienvenida (Encuentro de CLAGS – Universidad del Claustro de Sor Juana 4 de agosto de 2003)

Racismo, xenofobia, discriminación, homofobia, sexismo…son algunos de los nombres de la
intolerancia. El miedo al otro, al diferente, al que tiene otro color de piel, otra religión, otras
preferencias sexuales… El otro se convierte en una amenaza ¿a qué? ¿A la propia identidad?
¿Existe algo así como “la propia identidad”? En un momento en que la intolerancia recibe el nombre
de “guerra santa” o de “justicia infinita”, en que se toma a dios como bandera para justificar las
mayores atrocidades, en que estamos pagando las consecuencias de los delirios bélicos de un
megalómano metido a presidente, en que los “enemigos” son los que usan turbante o pasamontañas,
los que hablan en lenguas “ininteligibles”, pero también aquellas otras que “provocan” simplemente por
ser mujeres jóvenes en ciudad Juárez, y por supuesto los que amanecen sonriendo junto a alguien de su
propio sexo (“Amanecí otra vez entre tus brazos…”, canta José Alfredo, y arranca suspiros de todos los
colores); en un momento como éste es bueno volver a pensar sobre un tema como la tolerancia, y, si
no me equivoco, ése es uno de los temas principales de este encuentro. Es bueno volver a asumirnos
como militantes por la aceptación del otro no porque es igual a mí sino precisamente porque es
diferente; militantes por la celebración, entonces, de la diferencia y la heterogeneidad, pero no como
un canto pasteurizado (no tengo financiamiento de Benetton, aclaro), sino como modo de trabajar
sobre las complejas aristas de lo diferente, de cuestionar y buscar desestructurar prejuicios y binarismos
empobrecedores; hablamos de una celebración que sea consciente de que la diferencia no justifica las
desigualdades: el hambre, la pobreza, el imposible acceso a un nivel mínimo de bienestar. Sabemos que
mientras en algunos sitios – cada vez más, afortunadamente – ondea con orgullo la bandera del arco
iris, en muchos, muchísimos otros, lo obligado es el ocultamiento, el silencio, la hipocresía. “¡Ay, voz
secreta del amor oscuro!”, escribió alguna vez Federico García Lorca.
Una vez más nos viene bien el más perfecto y breve cuento del mundo, “El dinosaurio” de Tito
Monterroso: “Y cuando desperté el dinosaurio todavía estaba allí”. Y el dinosaurio en este caso no es
solamente la opinión del Vaticano, que aún me sorprende que sorprenda cuando todos los días
tenemos ejemplos de sus posturas retrógradas e intolerantes – quizás dentro de 500 años nos pidan una
disculpa -, sino todos los datos que nos sacuden cotidianamente. Vayan unos pocos ejemplos como muestra de la realidad latinoamericana (hablo de América Latina porque es lo que conozco más, pero
podemos encontrar información similar en muchos otros lugares del mundo).
La lista es larguísima y atroz: asesinatos, amenazas, persecuciones, razzias, extorsiones, violencia de
todo tipo… En algunos países, como Nicaragua, la homosexualidad se encuentra penada por la ley; en
prácticamente todos la policía tiene un amplísimo y permisivo margen para detener a los
homosexuales. La tortura es, más que tolerada, alentada, ni qué decir del desprecio y la negligencia
cuando de estos casos se trata. La impunidad de las “fuerzas del orden” en su lucha por proteger las
“buenas costumbres” como dijo alguno de nuestros alcaldes panistas, es absoluta.
En México, según la Comisión Ciudadana contra Crímenes de Odio por Homofobia, entre 1996 y
1999 fueron asesinadas por esta causa 190 personas. Y aclara textualmente el informe de la Comisión,
“la promoción de odio homofóbico provino básicamente de las autoridades”. Por supuesto, no puedo
dejar de recordar a los dos homosexuales asesinados a martillazos el mes pasado en la ciudad de
Nogales, Sonora.
El informe destaca que “cobran especial importancia las ejecuciones de adolescentes y jóvenes gay
entre los 14 y los 20 años de edad”. Muchos de nosotros trabajamos en las universidades con chicos de
esa edad, me pregunto si no tenemos nada que decir al respecto.
“Con 35 asesinatos de homosexuales por año, México ocupa el segundo lugar, en cifras absolutas,
de este tipo de crimen, seguido por Estados Unidos, con 25 muertos”. El primer lugar lo ocupa Brasil.
En 2001 fueron asesinados en Brasil 132 homosexuales (88 gays, 41 travestis y 3 lesbianas). Cada tres
días es asesinado salvajemente un homosexual. Por supuesto, la mayor parte de estos asesinatos queda
impune.
No olvidemos otros casos en nuestro continente como el sospechoso incendio de una discoteca
gay en Valparaíso hace un par de años, que dejó decenas de muertos, y que siguiendo el esquema que
impera en la región, aún no se ha aclarado.
Todo esto sin entrar en otro tipo de violencia como la censura, el silenciamiento, las exclusiones de
todo tipo (como el alcalde de Aguascalientes que prohibía que a un balneario entraran “perros y
homosexuales”), y una larguísima lista de terribles etcéteras.
Es por todo esto que nuestro reto está en todos los campos: en la vida académica, en la cotidianeidad,
en los medios masivos, en la práctica política, en las relaciones familiares, en la convivencia con
nuestra pareja, en el activismo. Nuestro reto está en la reflexión y en la acción, sabiendo que a veces los
desniveles entre uno y otro ámbito son abismales. La vieja discusión acerca de la relación entre teoría y
praxis vuelve con bríos a la escena, y una vez más nos conmina a atenderla. El dinosaurio puede invadir
cualquier resquicio, y la mejor forma de percibir sus movimientos es siendo conscientes de las
desigualdades que se dan entre los diversos espacios. Tenemos, por un lado, la posibilidad de discutir
conceptos como queer y queernes,
de hablar de lo simbólico, de las
redes de poder, del falogocentrismo,
del “cuerpo sin órganos”, de devenir
del deseo, del género como
performance, etc. Tenemos ya
programas de Gay and Lesbian
Studies, o la primera escuela para
“diversos” en Nueva York; tenemos la
tranquilidad y la libertad que suelen
darnos nuestros cubículos y nuestros
escritorios (aunque sabemos que
también hay excepciones). Y
tenemos, por otro lado, los
asesinatos, la discriminación, la
violencia de género, la hipocresía, el
ocultamiento, los clósets cerrados con
triple llave, el miedo que sólo
desparece el día de la Marcha del Orgullo Gay, los curas que llaman a votar en contra de los partidos que hablan de los homosexuales,
los curas que “aman la infancia”. Claro, el panorama visto así puede ser quizás demasiado
esquemático, pero uno de los retos de grupos como éste que hoy está aquí es precisamente poner en
diálogo esas distintas realidades. Aprender de los movimientos de base, de la lucha cotidiana, y si la
libertad y el nivel de tolerancia ganados en el ámbito académico, o en ciertos escenarios de la vida
pública, no nos sirven también para pensar qué pasa en el otro lado, para denunciarlo, para intentar
que se extienda el respeto a la diversidad, a la alteridad, a la libre elección, a la defensa del cuerpo
como espacio de goce y creatividad, si no es así, todo lo que podamos teorizar o reflexionar, perdón,
pero creo que no nos sirve para mucho.
Quisiera aprovechar este ratito para agradecerles a todos ustedes el que estén hoy aquí; agradecerles
a los compañeros de CLAGS su iniciativa, su convocatoria, sus gestiones para que esta reunión
pudiera realizarse, en especial a Alisa Solomon, presidenta de CLAGS, y a la maravillosa Hilla Dayan,
gracias a cuyo entusiasmo y eficiencia estoy segura de que nuestro encuentro será un éxito. Me
gustaría darle las gracias también, por supuesto, a Gabriela Cano, gran amiga y compañera de
avatares en debate feminista y en la Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, institución
coorganizadora de esta reunión. Aprovecho también para agradecerle a toda la gente de la
Universidad del Claustro de Sor Juana que ha puesto lo mejor de sí para que podamos trabajar estos
dos días, en especial a su rectora Carmen Beatriz López-Portillo.
Y como los temas que nos interesan tienen también que ver con pieles y amores, con humores y
palabras, y dado que nos cobija este maravilloso espacio que habitara Sor Juana, una mujer que sabía
bastante de discriminaciones e intolerancias, de prejuicios y sexismo, quiero terminar con uno de sus
poemas amorosos, escrito a la condesa de Paredes. Mal que le pese a algunos sorjuanistas que
prefieren la hagiografía por sobre la biografía, ya es tiempo, como dijo Antonio Alatorre en nuestro
último congreso, de sacar también a Juana Inés del closet.

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
Como en tu rostro y tus acciones vía
Que con palabras no te persuadía,
Que el corazón me vieses deseaba.

Y amor, que mis intentos ayudaba,
Venció lo que imposible parecía,
Pues entre el llanto que el dolor vertía
El corazón desecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste;
No te atormenten más celos tiranos,
Ni el vil recelo tu quietud contraste

Con sombras necias, con indicios vanos,
Pues ya en líquido humos viste y tocaste
Mi corazón deshecho entre tus manos.

Sean ustedes muy bienvenidos.

Sandra Lorenzano es Profesora-investigadora de la Universidad
Autónoma Metropolitana (México).